Arquidiócesis de Xalapa

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LA UNICIDAD DE LA IGLESIA

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P. Roberto Reyes Anaya.

Desde las primeras comunidades cristianas existía la convicción de la unidad eclesial. El mismo San Pablo les exhorta a «conservar la unidad del Espíritu con el vínculo de la paz. Un sólo Cuerpo y un sólo Espíritu... Un solo Señor, una sola fe, un sólo bautismo, un sólo Dios y Padre de todos » (Ef 4, 3-6; Gál 3,27-28). Jesucristo prometió a Pedro que sobre él edificaría “su Iglesia” (“edificaré mi Iglesia” Mt. 16, 18), no sus Iglesias y, continuamente, expresa su deseo de que todos los hombres formen «un sólo rebaño bajo un solo Pastor» (Jn, 10, 16). Por lo tanto, la unidad como propiedad de la Iglesia constituye parte esencial de su misterio.

La Iglesia es una debido a su origen, pues su modelo es la unidad entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo (UR 2). La Iglesia es una debido a su Fundador que es Jesús (GS 78, 3) y debido a su "alma”, el Espíritu Santo que habita en los creyentes y llena y gobierna a toda la Iglesia, realiza esa admirable comunión de fieles y une a todos en Cristo tan íntimamente que es el Principio de la unidad de la Iglesia (UR 2). Desde siempre, la Iglesia ha tenido la autoconciencia de ser una ya que uno solo es Dios, su Señor.

Para los Santos Padres la unidad se presentaba como una propiedad esencial de la Iglesia, al igual que como un signo de su autenticidad. Así por ejemplo, San Cipriano de Cartago decía que «hay un solo Dios, un solo Cristo, una sola Iglesia, una sola fe y un solo Pueblo, conjuntado en la sólida unidad de un cuerpo mediante el vínculo de la concordia».

La “imagen del Cuerpo”, en relación con la unidad de la Iglesia, tiene la capacidad de expresar una plástica comprensión de cómo la gran riqueza de la diversidad de los miembros del Cuerpo no anula su unidad, pues «hay diversidad de carismas, pero el Espíritu es el mismo; diversidad de ministerios, pero el Señor es el mismo; diversidad de operaciones, pero es el mismo Dios que obra en todos» (1Cor 12,4-6. Cf. LG 13).

La unidad de la Iglesia peregrina está asegurada por vínculos visibles de comunión, que son, la profesión de una misma fe recibida de los Apóstoles; la celebración común del culto divino (sacramentos); y la sucesión apostólica por el sacramento del orden, que conserva la concordia fraterna de la familia de Dios (cf UR 2; LG 14; CIC, can. 205).

El primer vínculo de unidad es la profesión de una misma fe recibida de la enseñanza de los Apóstoles (Lc 22,32). La fe es central en la vida de la Iglesia y es principio de unión interna entre los fieles. En efecto, todos los cristianos creemos lo mismo, y por la fe nos sabemos unidos en nuestro origen y destino, partícipes de la vida divina en Cristo, llamados a ser hijos en el Hijo. «Con la fe empieza y se desarrolla la comunidad de los creyentes» (PO 4). El Señor Jesús quiso cimentar esta fe en la fe de Pedro (Lc 22,32).

El segundo vínculo de unidad es la participación en un mismo culto. Los cristianos, unidos en una misma fe, celebran la fe, creando lazos de comunión que se expresan en un mismo culto, en cuyo centro está Dios. El culto se realiza plenamente en los sacramentos. Toda acción litúrgica (celebración de la Eucaristía y de los sacramentos) es un encuentro entre Cristo y la Iglesia. La asamblea litúrgica recibe su unidad de la "comunión del Espíritu Santo" que reúne a los hijos de Dios en el único Cuerpo de Cristo» (CIC 1097).

Un tercer vínculo de la unidad es la sucesión apostólica, la cual garantiza que unidos al Santo Padre y a los obispos estamos en plena comunión con la única Iglesia fundada por Jesucristo. La unidaddel Papa y los Obispos se manifiesta cuando se reúnen en los Sínodos y especialmente en los Concilios. Esa unidad se manifiesta, igualmente, en las diferentes Conferencias Episcopales.

Finalmente, como cuarto vínculo de unidad es la caridad. Es el Espíritu de Dios quien suscita y anima la caridad entre los fieles, cuyo fruto es la unidad entre los miembros del Cuerpo. En este sentido, el mismo Señor Jesús puso el amor fraterno como signo de la unidad de sus discípulos: «Os doy un mandamiento nuevo: que os améis los unos a los otros. Que, como yo os he amado, así os améis también vosotros los unos a los otros. En esto conocerán todos que sois discípulos míos: si os tenéis amor los unos a los otros"» (Jn 13,34-35; 1Cor 12,26).