Profetismo en la Iglesia
Francisco Ontiveros Gutiérrez
El profeta escucha
Para que la Iglesia pueda cumplir su función profética es necesario que ella escuche la voz del Señor que ha hablado de muchas formas, privilegiando siempre su palabra contundente en Cristo: Palabra definitiva del Padre, el cual, por propia opción, tomó la pobreza del profeta volviéndose en todo itinerante. Para los bautizados es indispensable tener la disposición de escuchar y responder; ésa es la dialéctica del profetismo. Dios, nos ha confiado en el sacramento del bautismo, el don de la profecía a todos los bautizados, de tal manera que hemos constituido un pueblo de profetas (cfr. CatIC 783).
El testimonio profético
En los profetas queda de manifiesto que, no sólo con lo que vociferan, sino también con su estilo de vida están ya ofreciendo el itinerario de claras transformaciones sociales. En ellos se percibe que, con sus denuncias, quedan al descubierto las prostituciones del reino, cuyas terribles consecuencias son la explotación y esclavitud a las que es sometido el pobre. Lo que anima su función son las cláusulas explícitas del Código de la alianza con el que Dios no ha dejado de manifestarse en favor de su pueblo. Pero, su acción no sólo es por esto, sino sobre todo en nombre de la conciencia y de los valores elementales de solidaridad y de justicia, por esta razón, la riqueza que está tan rodeada de gente miserable es condenada a todas voces por los verdaderos profetas.
Iglesia profética
Ser profeta es una de las notas esenciales de la Iglesia, pues: el pueblo santo de Dios participa del carácter profético de Cristo (cfr. CatIC 785). La Iglesia oyente es la que primero escucha al Señor y, desde el horizonte en el que el Señor la ha situado, se dispone a escuchar los gozos y esperanzas de la humanidad. Por eso, entre más agudice su capacidad de escucha del Dios insondable que tiene algo que comunicar, más y mejor podrá la Iglesia estrechar su parentesco profético con Cristo, el mayor de los profetas y con la estirpe de profetas de los siglos sublimes de la historia de Israel. Dios ha querido comunicar a los hombres su voluntad, misma que habrá de actualizarse y encarnarse de forma muy clara, concreta y específica en el contexto histórico donde Dios ha suscitado sus profetas. Donde Él nos ha puesto.
Si callan gritarán las piedras
Por medio de una Iglesia fiel a su naturaleza profética Dios no deja de herir el mundo, de aguijonearlo y hacerlo trizas, no deja de vivificarnos con las palabras de su boca, para hacer que surja un nuevo estilo de vida que se constituya en el amor y no en los sacrificios, en el conocimiento de Dios más que en los holocaustos (Cfr. Os, 6,5-6). En este plano, buscando siempre la fidelidad en su carácter profético. Los bautizados somos en el mundo como la sal y la luz. ¡Hemos de ser leones rugientes!, de tal modo que, si por desgracia callamos, gritarán las piedras (cfr. Lc 19,40).