La Iglesia es santa
Pbro. Roberto Reyes Anaya.
La santidad de la Iglesia Católica es una verdad de fe confesada en el Credo de los apóstoles y una de las llamadas “notas” de la puede considerarse como dimensión o fruto de la esencia misma de la Iglesia.
La Biblia dice “Sólo Dios es santo”, Santo porque es la fuente de la santidad (Num 20,12;27,14;Lv 10,3; Is 5,16). De este modo hablar de la santidad de los hombres (la Iglesia) es siempre hablar de unión con Dios: unión por el ser mismo (consagración) o unión vivida (santidad de vida).
¿Cómo y por qué la Iglesia es santa? ¿Cómo esta santidad es compatible con el pecado?.
La Iglesia es santa en y por sí misma y esta santidad es el marco para la santificación de los cristianos, santidad personal que sólo tiene su origen en el misterio de santidad de la Iglesia. Su santidad tiene una realidad objetiva y otra subjetiva.
La Iglesia es santa porque es el misterio mismo de la comunión de los hombres con Dios en Cristo (LG 39). La Iglesia es santa porque Dios santísimo es su autor; Cristo se ha entregado a sí mismo por ella para santificarla y hacerla santificante; el Espíritu Santo la vivifica con la caridad. En la Iglesia se encuentra la plenitud de los medios de salvación (CIC 823). Se trata aquí de una santidad objetiva o santificante porque ella es Dios mismo santificando a los hombres en Cristo por su Espíritu.
Igualmente, podemos hablar de una santidad subjetiva porque la Iglesia es la humanidad en vías de santificación por Dios. Los primeros miembros del cristianismo adoptaron el nombre de “santos” (Act 9,13 y su nota), queriendo decir que eran “hombres llamados a la santidad” (1Tes 4,3) y hombres que se esfuerzan por responder a esa llamada.
Sin embargo, esta santidad será plena hasta el final de los tiempos. En este mundo somos “santos in fieri”, en busca de tal santificación, que es la tarea fundamental del cristiano. Es aquí donde entra el elemento humano, la respuesta a ese llamado a la santidad de parte de Dios. La dificultad será siempre el pecado en el que el hombre vive.
La santidad de la Iglesia es la fuente de la santificación de sus hijos, los cuales, aquí en la tierra, se reconocen todos pecadores, siempre necesitados de conversión y de purificación (CIC 823-824). Es santa primordial y esencialmente por la santidad de Dios, que la ha unido a su Hijo, invitando por ella y en ella a todos los hombres a la santidad.
Finalmente, siendo nuestra Iglesia santa, los cristianos estamos llamados analógicamente a “ser santos”, como aparece en el Nuevo Testamento (“sed santos, porque Yo soy santo” 1 Pe 1,16;Cf. Hch 9, 13.32.41; Rm 8, 27; 1 Co 6, 1); no porque sean perfectos sino porque están llamados a serlo, a través de la llamada universal a la santidad: “Los seguidores de Cristo, llamados por Dios, no en virtud de sus propios méritos, sino por designio y gracia de Él, y justificados en Cristo Nuestro Señor, en la fe del Bautismo han sido hechos hijos de Dios y partícipes de la divina naturaleza, y por lo mismo santos” (Lumen Gentium 40).
La invitación a la santidad se dirige a todo tipo de fieles, sean laicos o sacerdotes, vivan en el “mundo” o en comunidad religiosa, casados o solteros. Es un llamado común y deber de todo cristiano. Esta santidad cristiana no es nunca una santidad “individual” o independiente, sino que se sitúa y se desarrolla en el seno de la Iglesia.