Arquidiócesis de Xalapa

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Pureza y castidad, el noveno mandamiento

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Lila Ortega Trápaga

"Bienaventurados los limpios de corazón porque ellos verán a Dios" (Mt 5,8)

Las palabras más ridiculizadas por el mundo son precisamente aquellas que refieren al noveno mandamiento, aquellas que piden evitar los pensamientos y actos impuros. Y es que pareciera que la castidad y la pureza de alma, cuerpo y pensamiento están en desuso o fuera de lugar.

Y es también el mandamiento que predica aquello que las historias proyectadas romantizan: la mayoría de las historias que se cuentan de amor, comienzan con una pareja casada, pero infeliz. Y el matrimonio lo ponen gris a causa de la rutina, del trabajo, de los hijos, de la construcción de un patrimonio. Y así, mostrando un panorama decadente, se justifica primero la aventura, después el destruir un matrimonio "que ya no tiene futuro".

Entonces se da permiso de "sentirse vivos nuevamente" y se enamoran de otro, de otra, u otros, y la historia no solo lo justifica, sino que nos hace sentir que eso es lo correcto. Los hijos son felices con la nueva pareja que los ama profundamente, en ocasiones más que los propios padres, y así todo culmina con un "feliz para siempre", aún cuando la realidad es que se construyó una nueva relación sobre la destrucción del primer matrimonio.

Las excepciones están bien especificadas por el Catecismo de la Iglesia, pero aún cuando los casos varían, hay una reiterada justificación: no se disuelve un matrimonio por buscar una nueva pareja, aún cuando sea el motivo más recurrente para buscarlo.

Pero la fidelidad en el matrimonio, como se dijo en el sexto mandamiento, comienza desde el dominio personal cuando se es joven, cuando se evita la distorsión de la pornografía, la abstención de la masturbación, el contenerse de las relaciones sexuales íntimas, practicando la fuerza de voluntad. Así se podrá conquistar la debilidad más común entre los matrimonios, la infidelidad.

No desear la mujer del prójimo, al hombre de su prójima, implica de igual manera, no provocar al prójimo. Porque quien busca provocar, está participando con el enemigo de herramienta de tentación. La sensualidad no es virtud. Es una característica que debe guardarse para el matrimonio, en la intimidad. Ahí la entrega de dos personas está bendecida por Dios. Solo así se puede gozar de la satisfacción carnal y espiritual al mismo tiempo.

Muchos cristianos jóvenes viven en un ambiente en el que de forma natural se expone todo y se pierde de forma sistemática el sentido del pudor y la pureza. Pero desde el momento en que nos mofamos de la práctica de la castidad, de la obediencia, desde que se comienza una vida en secreto, téngase la edad que se tenga, se destruye la participación personal en el plan de salvación.

La castidad no es una limitación para vivir, sino que protege algo valioso, en concreto la dignidad de la persona en su capacidad de amar. No tiene nada que ver con mojigatería ni con una educación reprimida. El hombre se avergüenza también de su pecado y de otras cosas cuya publicación le humillaría.

«Para que, creyendo, obedezcan a Dios; obedeciéndole, vivan bien; viviendo bien, purifiquen su corazón; y purificando su corazón, comprendan lo que creen» San Agustín