El segundo Mandamiento de la Iglesia
María Gabriela Hernández Cuevas
Como seres humanos nos descubrimos débiles ante el pecado e incluso podemos tener conductas tan arraigadas que no nos percatamos que con esas acciones estamos ofendiendo a Dios y al prójimo. Por esta razón se nos invita a cumplir el segundo mandamiento de la Iglesia: Confesar los pecados mortales al menos una vez al año. Esto “asegura la preparación a la Eucaristía mediante la recepción del sacramento de la Reconciliación, que continúa la obra de conversión y de perdón del Bautismo” de acuerdo con lo que nos dice el Catecismo de la Iglesia Católica en el numeral 2042.
Conforme a la gravedad del pecado, se clasifican en mortales y veniales. Los pecados mortales son aquella desobediencia grave de los Diez Mandamientos, este pecado “destruye la caridad en el corazón del hombre por una infracción grave de la ley de Dios; aparta al hombre de Dios, que es su fin último y su bienaventuranza, prefiriendo un bien inferior” (CEC, 1856).
Para que sea un pecado mortal debe tener estas condiciones: gravedad, conciencia y consentimiento. Es decir que la persona al pecar debe cometer una falta grave, además debe estar plenamente consciente que lo que está haciendo está en contra de los mandamientos de Dios y realizarlo con pleno consentimiento, es decir por elección personal, por voluntad de cometer el pecado. Estos pecados provocan la pérdida de la gracia santificante, es decir que “si no es rescatado por el arrepentimiento y el perdón de Dios, causa la exclusión del Reino de Cristo y la muerte eterna del infierno” (CEC, 1861). Sin embargo, el juicio final le corresponde al Señor.
El pecado venial se da cuando se desobedece la Ley de Dios en materia leve o cuando se hace en materia grave, pero sin un pleno consentimiento ni conocimiento del mal cometido. Este pecado no rompe la Alianza con Dios, pero debilita el ejercicio de las virtudes, genera mayores afectos desordenados, debilita la caridad y el acumular estas acciones pueden conducir a cometer un pecado mortal. Por esto, se invita a los fieles a también acercase a la Reconciliación.
La Iglesia nos pide al menos una vez al año acudir a la Confesión, pero somos nosotros los que nos privamos de la gracia de Dios y de la fortaleza del Sacramento cuando podemos recibirlo con mayor frecuencia. Somos débiles, le fallamos a Dios todos los días y no sabemos cuándo nos llamará a su presencia. Reflexiona si te es posible acudir incluso una vez al mes. Se nos invita a acercarnos a la Confesión como una respuesta al amor que Él nos tiene, para fiarnos así de los brazos misericordiosos del Padre.
Para más información, consulta el Catecismo de la Iglesia Católica en los numerales 1854 al 1864.