Arquidiócesis de Xalapa

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PEREGRINACIÓN ANUAL de la Arquidiócesis de XALAPA, Veracruz

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Basílica de Guadalupe, Ciudad de México

Lunes 20 de abril de 2026

HOMILÍA del Obispo Auxiliar

“Oh, virgen santa María, la reina del Tepeyac, mi corazón noche y día no dejará de cantar.

Pronto mis ojos levanto a tu rostro virginal, al cubrirme con tu manto las estrellas brillarán”.

Saludo

Ante todo, un cordial saludo de parte del señor arzobispo, Monseñor Jorge Patrón Wong y de un servidor a cada uno de los adoradores nocturnos y a todos los que hoy han acudido con tanta devoción a esta hermosa basílica de nuestra señora de Guadalupe para celebrar la eucaristía y un momento más de oración ante Jesús Sacramentado.

Peregrinos en la fe

“Ruega por nosotros, santa madre de Dios…”. Acudimos hoy a este magno templo guadalupano para compartir este momento celebrativo con algunos representantes de la adoración nocturna mexicana de nuestra amada arquidiócesis, que como cada año peregrinamos al encuentro del Señor y de nuestra madre santísima. Ante esta imagen preciosa de la reina del cielo venimos como fervorosos hijos suyos para comprometernos ante Jesús a escuchar -como ella- la palabra divina y ponerla en práctica con todo lo que significa (cf Lc 11,27).

Como proclamamos intensamente en este tiempo pascual, somos un pueblo que camina hacia la pascua que no se acaba, y tenemos que seguir avanzando movidos por la alegría de la fe y un amor creciente a Cristo y a los hermanos. Como señala tan sabiamente el apóstol Pablo: “Caminamos en la fe” (1Cor 5,7) y nos sentimos cada día más motivados a vivir la misión permanente, a la que hemos sido llamados desde el bautismo, y a dar testimonio como discípulos misioneros de Cristo.

Casa de oración

Nos encontramos en la casa de Dios, que siempre es para nosotros un lugar significativo de encuentro con el Señor y de fortalecimiento de nuestra fe, para aprender a vivir como verdaderos seguidores de Cristo. Cada Iglesia es la casa de la palabra de Dios (cf BENEDICTO XVI, Verbum Dómini, 52); es también la casa de María santísima, es la casa del pueblo de Dios, es nuestra casa.

Nos hemos presentado ante el altar de Dios para orar, convencidos del significado de este lugar, escogido por Dios y señalado por la reina del cielo, al cual nos presentamos en vistas a ofrecer nuestro trabajo y pedir la protección de Dios para encontrar caminos de justicia, de paz y de reconciliación. Así expresamos nuestro profundo anhelo de escuchar atentamente el mensaje del Señor, en su palabra siempre viva y actual, y alimentarnos de su presencia en este sagrado misterio que celebramos en cada Eucaristía. Como los discípulos de Emaús, le pedimos que se quede con nosotros y lo reconozcamos al partir el pan.

María, madre y maestra

Tal como nos narran los antiguos relatos del Nican Mopóhua -que contienen las apariciones a san Juan Diego en el Tepeyac-, la virgen María fue enviada por Dios como mensajera al corazón de nuestra patria mexicana y del continente americano, en un momento muy importante de nuestra historia, en la cual estaba surgiendo un intercambio cultural notable y una nueva etapa de mestizaje y evangelización. Como decía tan atinadamente el Papa san Juan Pablo II: “En la historia de la Iglesia, lo antiguo y lo nuevo están siempre profundamente relacionados entre sí. Lo nuevo brota de lo antiguo y lo antiguo encuentra en lo nuevo una expresión más plena” (Tertio millennio adveniente, 10 noviembre 1994). Así reconocemos que cada cultura, al lograr la fusión -que siempre es obra de Dios- se da en el equilibrio perfecto de lo pasado, lo actual y lo futuro, como lo podemos admirar en la preciosa imagen de la virgen de Guadalupe, regalo de Dios confiado a la Iglesia, en el corazón de México.

Invoquemos la valiosa intercesión de María, madre y maestra de la Iglesia de todos los tiempos y de la humanidad entera, ante su Hijo Jesús. Ella demostró una plena apertura y disponibilidad a la acción del Divino Espíritu, para vivir siempre guiada e impulsada por él. María santísima comprendió en su corazón lo que significa “dejarse conducir por el Espíritu”, que equivale a orar y servir, movidos por el amor como ella lo asumió.

La virgen santísima, “la llena de gracia”, sigue intercediendo por cada uno de nosotros, sus hijos, y por todos los seres humanos. María comprendió y conservó en su interior lo que significa llenarse del fuego del Espíritu, para ser la siempre joven, renovada, dinámica, fuerte e incansable; para mantener encendida la fe y el amor en su corazón. Ésta es la clave para reencontrar el camino de la fe y del servicio fiel y perseverante a Dios en el prójimo. El Espíritu Santo -como lo realizó a favor de la virgen santa- sigue guiando a cada discípulo misionero de Cristo en ese ambiente de libertad y fidelidad de los hijos de Dios. Así nos lo recordó vivamente san Juan Diego con su testimonio y lo sigue proclamando para cada uno de nosotros.}

Invocación y agradecimiento conclusivo

 María, nuestra madre y maestra, primera discípula y mujer eucarística por excelencia, te encomendamos a todos los peregrinos aquí presentes en tu casa, de manera particular a los integrantes de la adoración nocturna mexicana de la Arquidiócesis de Xalapa, para que en nuestros esfuerzos de cada día sigamos aprendiendo a vivir en actitud de escucha, de paz interior y de esperanza. “Ruega por nosotros para que seamos dignos de alcanzar las promesas y gracias de Cristo nuestro Señor”.

“Madre del Dios de la vida, mensajera del amor, pides ‘casita sagrada’ para orar con más fervor. Oh, virgen guadalupana, nos invitas a la unión para sentir las ventajas que nos da la salvación”.

 Junto con toda la Iglesia universal, podemos dar gracias a Dios, porque nos permite este encuentro con Jesús y con los hermanos, en presencia de la reina del cielo, compartiendo esta Eucaristía. ¡Bendito sea Dios!

+ José Rafael Palma Capetillo


Obispo Auxiliar de Xalapa

Veracruz, México